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Parque de Valdefierro. Zaragoza

Via Diario Design

La belleza minimalista de un sistema de muros de hormigón caracteriza a este parque diseñado por el arquitecto Héctor Fernández Elorza en el suroeste de Zaragoza.

Fueron las particularidades del propio solar en el que se emplaza las que empujaron a su autor a tomar las principales decisiones del proyecto. Por un lado, el suelo donde debía localizarse el parque se encontraba muy degradado. Una franja de terreno de planta en “L”, de 11 hectáreas, limitada al norte y oeste por las traseras del barrio de Valdefierro y al sur por el Canal Imperial de Aragón había sido utilizada durante años como gravera y posteriormente rellenada como vertedero, principalmente de desecho de obras de la ciudad. La limpieza, traslado y reciclado de los restos existentes en buena parte del solar hubiesen supuesto una fuerte inversión; desproporcionada para el volumen y presupuesto de obra a realizar.

Por otro lado, la topografía era muy acusada. Casi 9 metros de desnivel separaban en altura el Canal Imperial de Aragón de la rasante de las construcciones del barrio; desnivel que hacían que el cauce del río pareciese más alejado. Bajo estos dos condicionantes del contexto, los restos de la gravera, (con esas piedras de gran tamaño que en aquel momento nadie quería como grava), el vertedero, (que incluía principalmente los restos de las antiguas obras de la ciudad) y la fuerte topografía del lugar, empujaron a sus autores a construir el proyecto bajo la geometría de un sistema de muros.

 

Los restos de grava y los materiales de desecho de obra se mezclan con cemento para construir unos muros ciclópeos de gran espesor. Muros sin armar que se alían con su espesor para contener por gravedad el terreno en bancales y ordenar así la topografía del parque. De esa manera, los aparentes problemas de partida del contexto se utilizan a favor del propio diseño. El resto de la ordenación se resuelve por medio de la geometría. La proximidad del barrio al Canal Imperial y su encuentro con el lado sur se construye con un solo salto; un muro ciclópeo de 210 metros de largo, 1,80 metros de espesor y 9 metros de altura resuelve el encuentro del parque con el río. El Barrio gana, así, una plaza en su mejor orientación que como telón de fondo subraya el paisaje del Canal y, a su vez, el espesor de estos muros permite esconder en su masa las escaleras, rampas o bancos que hacen el Canal más accesible.

Por el contrario, la amplitud del terreno disponible en su lado este permite resolver esta zona del Parque en tres niveles escalonados; tres bancales de geometría variable que se adapta al terreno por medio de una doble hilera de muros ciclópeos de 1,25 metros de espesor y 4 metros de altura. Si los muros ciclópeos que contienen la topografía se construyen con la piedra y tierra del propio lugar, las conexiones peatonales transversales, (rampas y escaleras), desde el Parque hacia el Barrio, en continuidad con la trama de sus calles, se resuelve mediante muros de hormigón armado de poco espesor. Dos pieles diferentes para una distinta función. La finura de los paños de hormigón armado se compensa y contrapone con la profundidad de los muros ciclópeos. La lisa y tersa textura que reproduce el moldeado metálico del encofrado contrasta con la rugosidad de los gruesos muros ciclópeos a los que se ha arrancado la textura de su interior a arañazos, por medio de la acción abrasiva de una corona rotativa dentada.

En definitiva, el Parque se construye por medio de bancales, protegidos del molesto cierzo, sobre los que crecerán con comodidad los árboles recién plantados. Sobre estos paños horizontales escalonados los vecinos del Barrio irán acomodando sus actividades y necesidades a la geometría del Parque. Esos mismos vecinos se desplazarán entre bancales por las escaleras y rampas construidas entre los muros de hormigón armado en continuidad con las calles de su Barrio; se sentarán en los bancos excavados en los muros ciclópeos o atravesarán su espesor discurriendo por las escaleras o rampas construidas en su interior. Esos muros de tierra protegerán del viento para, a la vez, recibir el sol de invierno; subrayarán los árboles y la naturaleza, enmarcarán a través de los huecos el paisaje, devolverán la pelota al niño o darán sombra al anciano. Sobre ellos crecerán plantas trepadoras, anidarán insectos y pájaros y aparecerán grafitis. Esos muros infinitos, artesanos, como gigantescos tapices, entretejidos con la urdimbre del cemento y la piedra, servirán de fondo a conversaciones, discusiones o a escondites para los primeros besos.

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