Las enormes colecciones científicas del Museo Nacional de Historia Natural de Estados Unidos se guardan dentro de miles de armarios, cajones y estantes en Washington D. C. Todas juntas suponen nada menos que el 90 % de los fondos del Instituto Smithsoniano, uno de los más reputados centros públicos de investigación y educación del país.

Para disfrute de los amantes de las ciencias naturales y del público en general, los responsables de dicha institución han decidido sacar a la luz una parte de este arsenal del conocimiento humano a través de un reportaje fotográfico.

Las instantáneas ponen de relieve –a modo de los antiguos gabinetes de curiosidades– las muestras almacenadas en cada sección y departamento, al tiempo que dan a conocer a los expertos (científicos, investigadores y conservadores) que se ocupan de ellas cada día. Ante nuestros ojos aparecen cientos de tesoros cuidadosamente guardados y etiquetados como si se tratase de un inmenso autoservicio de la ciencia.

Cualquier porción de nuestro planeta, pasada o presente, que podamos imaginar se encuentra archivada aquí: plantas, animales, minerales, fósiles, objetos de infinidad de culturas… Las colecciones son en sí mismas un amplísimo material de referencia para entender la Tierra desde puntos de vista tan diferentes como la diversidad cultural y biológica, la evolución o los cambios globales, así como para hacer un recorrido desde nuestro pasado más remoto hasta lo que nos puede traer el futuro.

La verdad es que contemplar toda esta riqueza impresiona, tanto por su abundancia como por la meticulosidad empleada en su preservación y catalogación. Un simple vistazo a los expositores llenos de mariposas, conchas o minerales (con ese despliegue de colores que ya nos maravillaba de pequeños), a la infinidad de plantas custodiadas con mimo o a los enormes huesos atesorados por los Departamentos de Paleontología o Zoología, nos da una dimensión bastante precisa de la colosal biodiversidad del planeta.

Todas las fotografías son obra de Chip Clark, un biólogo vocacional que se unió al equipo del museo allá por 1973. Desde entonces ha inmortalizado miles de muestras y ha acompañado (y retratado) a los científicos en multitud de viajes de investigación.

 

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