La fusión entre naturaleza y arquitectura siempre ha sonado a tópico, como si con ello se quisiera evocar el viejo mito de la cabaña primitiva para justificar retrospectivamente lo que poco tiene que ver con la naturaleza (la arquitectura, por definición, es un producto completamente artificial). Hay veces, no obstante, en las que ese manido argumento no es un pretexto sino una justa descripción de lo que el arquitecto ha logrado de manera soberbia. Así lo ilustra el complejo de viviendas firmado por el Taller Héctor Barroso en el Valle de Bravo en Méjico, un auténtico espacio para habitar, tanto en un sentido funcional como poético.
El conjunto lo forman cinco viviendas idénticas sobre un solar de unos 1700 metros cuadrados. Cada vivienda está compuesta de seis volúmenes de distinta función y altura, articulados en torno a un patio interior de luz.
Pero la variación en la composición del modelo, la topografía del terreno y su vegetación no crean la menor impresión de repetición en el conjunto, sino más bien la de una variedad orgánica. Asimismo, los materiales están literalmente sacados de la tierra en la que se asientan los edificios.
El espléndido uso del ladrillo en muros interiores y exteriores, enlucidos con la misma tierra de las excavaciones; la madera empleada en la carpintería, en los techos y en el mobiliario parece sacada de los pinos que rodean el solar; los suelos de cerámica, los patios interiores en piedra y los caminos de acceso de tierra se funden perfectamente con el suelo rústico del entorno.
Difícil no ver aquí la huella de los maestros, de la calidez de un Luis Barragán, de las casas del desierto de Wright, de las volumetrías de Peter Zumthor, o aunque quede muy lejos de México, del mismísimo ayuntamiento de Säynätsalo de Aalto.

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