Cuando veo paisajes desolados, siempre me viene a la memoria Pedro Páramo. Nadie como Rulfo para retratar esa huella de desolación física y humana de los eriales mexicanos. Porque el desierto representa el silencio, el tiempo detenido, la soledad…

Sin embargo, hay artistas como el fotógrafo Luca Tombolini para los que ese vacío representa una fuente de inspiración inagotable. De hecho, este milanés autodidacta lleva recorriendo zonas desérticas en solitario desde 2011 para capturar la poesía que encierran. Mediante un juego especial de texturas, luces y colores pastel, sus fotografías de gran formato logran sumergirnos en la parte más positiva y onírica de este particular universo en paz.

Además de su mero valor estético, Tombolini quiere destacar la importancia de la experiencia vital en sí misma. De las horas de contemplación y de búsqueda del instante preciso que haga prender la magia. Según él, las áreas remotas que inmortaliza le ayudan a meditar, a analizar cómo los valores de nuestra civilización se desvanecen ante una naturaleza tan sorprendentemente rica y fascinante.

Ya sea con la aridez del oeste de Estados Unidos o con tierras más pródigas en colorido –aunque igual de despobladas¬–, como Islandia, Marruecos o incluso España, consigue emocionarnos con unos paisajes puros y sencillos, reducidos a lo esencial. Las moles de arena infinita cortada a cuchillo rivalizan así con cerros helados donde el musgo es el único indicio de vida.

Son instantes de tiempo estancado, de exaltación de ese mismo tiempo que ha ido horadando las rocas durante siglos hasta pulir moles en dudoso equilibrio. De hielo y de agua, de ríos que una vez fueron caudalosos y que ahora no son más que un mero recuerdo de su antigua vanidad.

Detrás de cada una de sus fotografías hay también cierta dosis de riesgo y sacrificio, ya que Luca Tombolini necesita «vivir» los paisajes: se adentra en ellos solo con su 4×4 y pasa allí días y noches hasta encontrar el enfoque preciso, la mejor panorámica y el momento ideal para el disparo. Se convierte así en un nómada cazador de horizontes, transformando unas simples dunas en algo sublime lleno de sensibilidad.

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