El arquitecto alemán Peter Haimerl lleva tres décadas ofreciendo soluciones fascinantes y muy poco convencionales desde su estudio de Múnich. Una de las más singulares es sin duda la rehabilitación de una antigua granja en Eben bei Viechtach, su pueblo natal.

Haimerl y su esposa –la artista Jutta Görlich– vieron algo especial en esa casa de labranza de 1840 que llevaba más de treinta años en ruinas y decidieron convertirla en un hogar para uso propio. Como guiño festivo a una labor nada fácil, bautizaron el proyecto como «Birg mich, Cilli!» (¡Sálvame, Cilli!), honrando así a la última residente de la casa, la granjera Cilli Sigl.

La misión era conservar el sabor tradicional de una vivienda humilde, como tantas otras levantadas en los bosques bávaros y en su mayoría demolidas, quizá para borrar ese pasado pobre de la región. En este caso particular, se aprovecharon las técnicas de construcción contemporáneas a fin de preservar buena parte del legado.

A través de cuatro cubos de hormigón se afianzó la estructura de la vivienda, integrando buena parte de los materiales ya existentes: baldosas, vigas de madera, ventanas y otros accesorios antiguos. Los añadidos modernos no ocultan la esencia original, visible gracias a generosas aberturas, como las practicadas en la nueva buhardilla, que ocupa el espacio del granero. Se ensalza así la modesta vida rural de antaño, reflejada en multitud de detalles, desde los bancos corridos hasta el suelo de tierra de la sala de estar.

El material de la granja no reciclado en las habitaciones se aprovechó para elaborar varias piezas de mobiliario. Por su parte, en el exterior también conviven los materiales tradicionales –piedra y madera envejecida– de muros y terrazas con las nuevas incorporaciones del hormigón y la carpintería metálica, todo ello bajo una sólida cubierta de tejas totalmente nueva.

Las áreas destinadas en el pasado a almacenar patatas, grano y otros alimentos básicos son ahora dormitorios, mientras que el gran establo anexo a la casa mantiene su carácter multiusos. Con su cáscara de madera ennegrecida y algo desvencijado, aún se alza orgulloso en el mismo terreno de praderas y bosques que vio nacer la granja hace casi dos siglos.

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