Popularizada en Occidente por Marco Polo, la Ruta de la seda conectaba China con Europa y África, atravesando Mongolia, Persia, Arabia y Turquía. Un camino comercial de miles de kilómetros para vender el preciado tejido –cuya elaboración era un secreto bien guardado por los chinos– y muchos otros productos, como piedras preciosas, porcelana o especias.